El arte del cine sin sal

El ser humano tiene tres necesidades vitales: relación, reproducción y nutrición. En todas las modalidades artísticas existentes se retratan, menos la última. En especial en el cine, ya que existen géneros propios como la comedia romántica o el cine porno. Sin embargo, ¿por qué no existe el cine culinario?

La cocina es un arte en sí mismo. La creación e innovación son el contrapunto de la tradición que representa la identidad de un tipo de dieta. Cada país, cada comida. En esa gracia de la variedad es donde nace el placer de experimentar, de comer sushi en Bruselas o tortilla de patata en Nairobi. Grandes nombres son las exponentes del sector, el Scorsese de los fogones y el James Cameron de la parrilla.

Es curioso como, en este tiempo donde la telerrealidad es imperante, también triunfan concursos como Masterchef o Top Chef. No solamente en España, son formatos a nivel internacional que entusiasman a masas de población. Si tanta consideración existe por parte de la sociedad, que incluso se publiquen libros exclusivos sobre cultura culinaria… ¿Cómo es que no existe una obra cinematográfica maestra sobre ello?

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El otro día me sorprendí a mí mismo, con un sandwich en la mano, viendo la película de Amy Adams y Meryl Streep, Julie & Julia, en la que recuperan la figura de la cocinera Julia Child y la actualizan al estilo de vida “moderno”. En un intento barato y nostálgico de trasladar la cocina francesa a los espectadores, se pierde la trama pero el mensaje de que nos conformamos en nuestra alimentación, se mantiene. Es obligado entonces pensar que, si tenemos tiempo para ver nuestras series, ¿por qué no debemos dedicarnos a cuidar nuestro plato? Porque el mundo nos ha acostumbrado a un ritmo de vida tan frenético que, si algo no es instantáneo, está en el último lugar de necesidades. Un error garrafal. Si Sweeney Todd y su querida amante Mrs. Lovett podían cantar, asesinar y cocinar al mismo tiempo, todo el mundo puede.

La figura maternal, aunque sea un estigma clásico, está muy presente en el cine culinario. Mujeres fuertes, no solamente Julia Child, se levantan entre tramas duras para sacar adelante una pasión y un tipo de vida. Tanto en Deliciosa Martha como en su adaptación estadounidense Sin Reservas, con una brillante Catherine Zeta-Jones, presentan a una mujer dedicada en cuerpo y alma a su restaurante que recibe el duro golpe del fallecimiento de su hermana y la consecuente adopción de sus sobrina. En medio de todos estos cambios, grandes bandas sonoras italianas o francesas articulan y vertebran con versatilidad como si de una receta se tratase. Ingredientes bien orquestados que resultan en un plato de oro.

En Un viaje de diez metrosHelen Mirren interpreta a una durísima chef francesa que debe rivalizar con sus nuevos vecinos hindúes y, de fondo, se alza un talento inesperado que ayudará en la lucha por una nueva estrella Michelín. Esta ambición representa la realidad de la dura competencia que supone ese mundo, donde el reconocimiento te salva la vida. De talento va la cosa y, como en cualquier arte, es algo innato e intransferible. O eso dicen. En el divertido film animado Ratatouille, Remy le transfiere este don y le enseña a su querido amigo humano la preciosidad de manipular un alimento para crear una obra de arte, ya no un plato, sino una pieza única para un público directo.

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Entre toda la filmografía que enmarca este tipo de films, la mayoría de ellos son de una calidad dudable o pésima por momentos. Ejemplos como El Chef de Jean Reno #Chef de Dustin Hoffman, encabezando un buen reparto, son una muy buena (mala) muestra de cómo no hacer las cosas. En España la manzana no cae muy lejos del árbol. Destaca quizás Fuera de carta en formato de comedia culinaria y con trasfondo gay, pero con resultado mediocre. Del mismo modo Dieta mediterránea, a través de una cocina de ménage à trois sentimental, expone situaciones tan delirantes como irreales que dotan de poca profundidad emocional.

En ocasiones el amor cobra forma dentro de la propia cocina. Menos usual es encontrarse erotismo dulce y salado. Esto ocurre en Chocolat, una película ubicada en un pueblo francés en el cual, tras años de novedad inexistente, unas nuevas vecinas deciden abrir una repostería que cumplirá los deseos de los habitantes. La calidad comienza a subir en estas obras y, este nuevo género que he creado, toca techo en obras como Big Night, una película casi desconocida que narra las vivencias de dos hermanos italianos en New Jersey que deben echar su suerte a una sola noche. En Como agua para chocolate, el amor y las frustraciones humanas juegan entre comida mexicana y se orquestan verdaderas escenas de pasión muy similares a un plato de gran restauración o una buena comida casera, sensaciones y sabores que traspasan la pantalla e inundan la mirada de sus espectadores. La obra magna del cine culinario es el film danés El festín de Babette, una lucha de frustraciones y tradición ante la llegada de una mujer francesa con su estilo de vida moderno en un tiempo de censura. Lucha de nacionalidades, personalidades e idiosincrasia sobre la concepción de la vida, aunque eso signifique no reconocer lo bueno que hay en los demás.

Aún con todo, no se ha creado hasta el momento una película de calidad y que deba se reconocida por crítica y público. El ninguneo a estas artes combinadas y la banalidad de las comedias hechas para el consumidor medio, como si de una sopa de sobre se tratase, están acabando con una posibilidad que, bien explotado, resultaría en un producto al menos masticable y con un poco de sal.

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