James Rhodes: un piano y una sudadera

Quince minutos después de la hora oficial las más de mil personas que llenaban en Palacio de Congresos de Santiago callaron. Más de mil personas de todo tipo y condición, familias con niños, adolescentes, ancianas, jóvenes en pareja, solos, en grupo. Hombres vestidos con camisa y zapatos, hombres en zapatillas y sudadera. Como si esas personas fueran seleccionadas aleatoriamente para asistir al evento. En el escenario un piano y unas letras de fondo: “james : rhodes”, las dos palabras que, por diversos motivos, unieron a toda esta gente.

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Un hombre sale al escenario con una sudadera en la que pone Chopin, como si este fuera el nombre de un famoso equipo de fútbol americano en lugar de un virtuoso pianista y compositor del s.IXX. Se presenta, aunque todos sabíamos quien era, James Rhodes. Autor del libro Instrumental (reseña aquí), una autobiografía en la que narra que sufrió abusos de niño y cómo la música clásica lo apartó del abismo en el que no hacía más que caer.

El público, entre el que me encontraba yo, estaba preparado para sus pequeños monólogos introductorios, una de las marcas de la casa. Rhodes desafía a todo el formalismo que a menudo envuelve el mundo de la música clásica, cambia el traje por una sudadera y los silencios por aplausos y risas. Comenzó tocando una breve pieza de Bach patrocinada por su nuevo libro, en el que enseña a tocar esa misma pieza en poco más de un mes, vamos que aprovechó para hacer un poco de publicidad. Como un buen monologuista, enterado de las últimas noticias, se presentó. «Boas noites, galegos. Tengo tres cosas que deciros antes de nada: primero: ‘‘Síntoo, non falo galego’’; lo segundo, perdón por el brexit y muchas gracias por dejarme venir a vuestro país; y tercero, que jodan a Donald Trump». Todo en un maravilloso inglés británico fácilmente compresible.

El repertorio de la noche comenzó con Polonesa-fantasía de Chopin, pieza que presentó diciendo que el compositor consumía mucho opio y quizás estaba colocado cuando la escribió, como cualquier estrella del rock. Las manos del pianista revoloteaban por las teclas con gran agilidad, su vista se centraba en el piano tanto que daba la sensación de que quería meterse dentro y perderse entre las teclas.

Entre pieza y pieza se levanta, se pone las gafas y comienza a hablar. Cada poco agacha la cabeza y se rasca el brazo o la cabeza, como si no supiera qué decir o simplemente se sintiera incómodo. Sin embargo sus presentaciones funcionan, su humor ligero hace gracia al público a la vez que, como un excéntrico profesor de música, nos enseña (a los que poco conocimiento tenemos del tema) el contexto de las piezas que interpreta. Continuó con el “diario íntimo” de Beethoven, Sonata Op110, la “más triste del compositor”.

“This piece is full of sadness, but underneath the sadness there is love, happiness and even joy”

La última, rompiendo con el repertorio oficial en el que estaba Fantasía en Fa menor de Chopin, fue la Chacona de Bach. La pieza que escuchó de niño y que, como cuenta en Instrumental, le salvó. «Es como si pudieras decirle a una persona a quien quieres y que sabes que va a morir todo lo que quieres que sepa. Eso fue lo que hizo Bach en quince minutos con esta pieza. Hay unas cuatro o cinco veces que crees que va a terminar, pero sigue. Como cuando dejas esa habitación y te das cuenta de que quieres decirle una cosa más, y vuelves a entrar». Finalmente, entre aplausos y algún silbido digno de adolescente fan de Coldplay, llegó el turno de cuatro bises. Creo que si no llegan a encender las luces podríamos pasar la noche entre aplauso y bis, aplauso y bis. Una de las piezas que tocó era de Rajmáninov compositor al que describieron como “un gesto de malhumor de más de un metro ochenta” cuenta Rhodes en su libro.

El espectáculo acabó con una firma de libros y con Numax haciendo su agosto con el stand de venta de libros estrategicamente colocado.

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Yo explicando en mi maravilloso british english que mi nombre se escribe sin n, Carme.

 

Es extraño pensar, sobretodo cuando lo comparamos con otros géneros, que la música clásica pueda juntar a personas tan diferentes y que todas, o al menos supongo que la mayoría, disfrutaran del concierto. Aunque esto no debería extrañar, o extrañarme tanto, si pensamos que Beethoven murió hace 200 años y su música sigue sonando con la misma intensidad y despertando las mismas, o más, pasiones.

Muchos de los asistentes, como en mi caso, habían empezado a escuchar esta música a raíz de Instrumental. James Rhodes no es definido como un pianista “virtuoso” pero ha logrado acercar este género a un público más amplio, presentándolo de una forma distinta a la habitual. Quizás, si no fuera por lo que cuenta en su autobiografía, nunca hubiera llegado a llenar auditorios y más que de un gran pianista podríamos hablar de un fenómeno editorial y musical (James Rhodes, el trauma más rentable de la música). Comentaba con Luca, un pianista que me encontré en la cola para la firma de libros, esta polémica. Según él, Rhodes tiene “tics” o “manías” a la hora de tocar que no están permitidas desde un punto de vista técnico aunque, de todas formas y considerando que comenzó a tocar siendo muy autodidacta y bastante mayor.

Sea su éxito merecido o no, aprovechado o simplemente un fenómeno comercial lo cierto es que es muy probable que, si no fuera por él, no tendría en Spotify una lista de música clásica. Indiscutible que tiene su mérito.

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@carme_dom

 

 

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