Moonlight o la victoria perdida

Un sobre. Un error. Dos películas. Son los ingredientes necesarios para arruinar una noche de reconocimiento al trabajo, capaces de elevar al film derrotado como si de un mártir se tratase. Al mismo tiempo, el confeti y los aplausos desaparecían para la auténtica campeona.

Barry Jenkins firma la película que se coronó como la mejor del año, entre otros premios de la pasada gala de los Oscar. Múltiples medios han criticado el proceder y la decisión del jurado, han dudado de las calidad de la película y, como si de una gran mentira se tratase, se niegan a aceptar los hechos. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Quién decide lo que está bien o mal? Parece que la moral y la falsa moral se destapan mostrando la auténtica cara de un sistema rancio, casi oportunista. Es el momento de romper una lanza a favor de Moonlight y su victoria.

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Lo que vemos

Una película sobre el crecimiento de un hombre afroamericano gay de una zona desfavorecida de Miami. Así podría sonar una sinopsis normal o lo que las personas de a pié pueden contar tras no entender bien qué ha pasado. Nada de eso.

La acción es invisible, te sientas como mero observador ante el milagro (o desgracia) de la vida que, en este caso, azota sin misericordia las esperanzas de poder sentir felicidad, negando la probabilidad de mejoría para el protagonista. No existe una conexión con el personaje, no se produce un estallido, un buen momento. Porque no existe. No se puede entender a una persona que no es nadie, que no ha tenido a nadie y que crece para convertirse en nadie. Es por eso que tiene motes, LittleBlack, y en su adolescencia ni lo llamaban por el nombre. Cuando hablan de cómo es Chiron se limitan a definir sus características, lo que hace o lo que no, con quién se relaciona o qué ha ocurrido en su vida. Sin embargo, una persona es más que eso.

Los medios técnicos desplegados en el film son un auténtico espectáculo. El juego de luces, siempre con el azul presente, dotan de un brillo especial y envuelven con un halo de tristeza constante cada escena, incluso la piel del niño se torna lienzo de depresión. Y las miradas. Esos planos de miradas. Ese don de los tres actores para mirar con la misma melancolía a cámara. Puede haber quién todavía piense que no es para tanto, pero todo tiene un mensaje, ¿cuál?

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Lo que no vemos

El proceso de cambio del niño Chiron a Black es una evolución, no solamente del personaje, sino del espectador y en un contexto concreto que para entender, hay que observarlo. La pretensión de universalidad desde la concreción resulta fallida si intentas suplantar la identidad, para conseguirlo has de asistir al bautizo de alguien hacia el anonimato.

Otro factor fundamental es la carencia afectiva que determinará la personalidad y las necesidades del joven. La represión de la propia sexualidad dañará su vida sentimental, la ausencia de amor maternal lo perseguirá durante toda su vida. La reposición de errores que Juan había cometido, renacen en él y lo condenan a una supervivencia con sí mismo. Es un círculo vicioso que siempre se quiere romper y, en este caso, es inevitable para vivir. El mundo es la jaula de obstáculos que no permiten su libertad. ¿Qué ocurre en su cabeza? Si durante tu etapa de desarrollo te ves desbordado por tanto desequilibrio, en una edad ya conflictiva, el resultado puede ser desastroso y desembocar en crisis existenciales y psicológicas. Y así sucede.

No se nos pide que sintamos pena e impotencia o levantemos una revolución. Solamente que miremos y aprendamos que la vida es cruda y dura, difícil en ocasiones y la importancia de librarse de ataduras. Aquí no hay espacio a sueños o irrealidades, bajo la luz de la luna los chicos negros parecen azules y esperan (o desesperan) un cambio mientras el mundo que conocen los absorbe hacia la decepción. Es una hecatombe íntima y personal sobre la autodestrucción del ser debido a causas ajenas, la demostración de que nacer de un modo y en un lugar concreto sí puede afectarte a niveles casi medulares. La lucha por un sueño no es tan dura como la lucha por vivir, la derrota es incluso peor.

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Lo que deberíamos ver

Dejando el contenido propio de la película atrás, es hora de hablar de aquello que toma lugar en la sociedad y es reflejado en Chiron. Si se trata de un film intimista y no de una manifestación racial u homosexual, ¿cómo puede causar tanto revuelo un premio?

Mientras que La La Land era un feudo blanco heterosexual, calidad de la película aparte, el reparto y la trama de su competidora se posicionaba en contra de las desigualdades actuales, mostraba la cara B que había sido maltratada por el resto de la nación. No existe ninguna guerra entre ambas películas, son el mismo país. El american way of life y el american dream del musical naif de Damien Chazelle contrastaba con la crudeza y dolor de Barry Jenkins, que perfectamente podría ser el Baltimore de The Wire. Si todo es EEUU, ¿qué tiene que ver la política? Es el pretexto de queja ante la derrota. Comentarios oportunistas mencionando al presidente Trump cuando esto, más que beneficiar, resta calidad y mérito al premio Oscar a Mejor Película. Aunque haya ganado, es perdedora y víctima de las circunstancias.

Como buena pieza de arte, algo de este calibre debería cumplir los requisitos mínimos. En este film, se superan. Estética y belleza aparte, los mensajes reivindicativos mediante el sentimiento son el hilo conductor que combate la relativa ficción y muestran un contexto social a menudo ignorado en grandes medios, pero que existen. Todo ello enfrascado en una cinematografía del yo que, como Francisco Umbral hacía, pretende transmitir la dureza de unos hechos pero sin buscar la empatía, solamente comunicación y sanación de su propia alma.

Ante toda esta grandilocuencia, Moonlight se desnuda como una joven virginal en su primera vez, temerosa y jugando a romper estigmas, en busca de un público adulto que resulta ser un abusador y, en lugar de tratar con cuidado algo tan sensible, la zarandea sin tener en cuenta las consecuencias.

La realidad no es tan distinta de la ficción. Chiron vuelve a ser menospreciado, esta vez fuera de la pantalla, se le niega el cariño y el reconocimiento de sus propios méritos solamente por ser quien es. Si cae en el olvido y termina siendo nadie de nuevo, será culpa de todos en esta ocasión.

 

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—Nico Carreira

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