Una autobiografía brutal con Beethoven sonando de fondo

Es difícil decir de qué trata Instrumental, la autobiografía del pianista inglés James Rhodes. No sería justo decir que es su vida, simplemente, tampoco que trata sobre una violación, hay mucho más, ni siquiera sobre la música clásica, a pesar de que es la banda sonora que acompaña al relato. Tampoco es un libro sobre una persona desequilibrada que se ha pasado media vida como drogadicto, en psiquiátricos y al borde del suicidio, varias veces. Tampoco es sobre una persona que intenta transformar el mundo de la música clásica, un revolucionario que huye de las formalidades y los trajes de etiqueta.

instr

Es sobre todo eso y algo más. Sobre dolor, enfermedad, locura, fracasos, triunfos, esperanza

Pero por algo habrá que empezar…

La música clásica me la pone dura”

Así empieza Instrumental, toda una declaración de intenciones. James Rhodes nos va hablar claro, con sinceridad y sin tapujos, sin obedecer a normas, sin buscar una trama que enganche como si su vida fuera una novela barata. Va hablar con la rebeldía de una estrella de rock que admira a Bach y a Mozart. Habrá música, mucha música. Cada capítulo está marcado por una obra, teniendo su propia banda sonora e invitando al lector a descubrir este género (ver lista de reproducción). A través de movimientos, arias, conciertos y sonatas James Rhodes nos deja adentrarnos en su historia.

James fue violado por su profesor de gimnasia cuando tenía 6 años. Una y otra vez y nadie se dio cuenta. Durante 5 años. Se niega a hablar de abusos, como el mismo explica “Abusar es tratar mal a alguien. Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso.” 

El relato de su infancia es duro. Una hostia en la cara del lector que hace que apartes la vista durante unos minutos para, con rabia, plantearte en qué mundo vivimos. Descubrimos a un niño inocente con un secreto incapaz de contar. La carta de una directora que relata los cambios de comportamiento de aquel niño durante esos años y su total ignorancia sobre los hechos. ¿Cuántos niños silenciosos habrá sufriendo? ¿Cuántos adultos conviven ahora con las secuelas de todo aquello? James Rhodes comenzó a hablar de lo sucedido cuando ya tenía 30 años. En fin, sigamos.

Relata una adolescencia marcada por las drogas, alcohol, prostitución y las innumerables secuelas de la violación, que detalla perfectamente. Tanto físicas como psicológicas. «Mil cosas me lo recuerdan cada día. Cada vez que cago. Miro la tele. Veo un niño. Lloro. Hojeo un periódico. Escucho las noticias. Veo una película. Me tocan. Hago el amor. Me masturbo. Tomo algo inesperadamente caliente o bebo un trago demasiado largo. Toso o me atraganto».

Por suerte, porque probablemente si esto no hubiera pasado no habría sobrevivido a tanto, se encontró con Bach. En un cassete que tenía en casa, el pequeño James, que contaba con 7 años, escucho la Chacona. “Esta vez no subí volando al techo ni me alejé del dolor físico de lo que me estaba pasando, sino que llegué al interior de mi mismo. Como si estuviera helado y me hubiera metido debajo de un edredón megacaliente e hipnóticamente confortable”. 

La música clásica lo empezó a acompañar en sus peores momentos, comenzó a tocar el piano pero nunca se planteó dedicarse profesionalmente a ello. Llegó a la Universidad de Edimburgo y acabó en un psiquiátrico. Durante los 10 años siguientes dejó el piano. Encontró un buen trabajo en la City, se casó, tuvo un hijo (al que durante todo el libro muestra un amor incondicional) compró una casa grande y comía en restaurantes caros. Ahora se ríe de esos supuestos logros, de la superficialidad de ese mundo de la clase alta londinense. A pesar de esa vida “perfecta” sus heridas seguían abiertas. Abandonó la City, quiso ser agente de pianistas y acabo siendo un pianista de prestigio.

Sin embargo sus demonios no lo dejaron en paz. Regresó al psiquiátrico, intentó suicidarse, se cortó los brazos con cuchillas una y otra vez, esto era su nueva droga. Las secuelas de la violación no lo abandonaron. Siguen ahí, forman parte de él. Incluso ahora que parece que a logrado cierta estabilidad no confía en cómo estará a la semana siguiente.

Es un milagro que haya vivido para contarlo, para escribirnos todo esto con la sana intención de concienciar, de no callar ante la realidad. Batalla legal incluida ya que su ex mujer, madre de su hijo, quiso evitar la publicación del libro.

La historia de James Rhodes es la historia de un superviviente y la música clásica la segunda gran protagonista del relato. Un canto al poder sanador del arte, si, pero también una reivindicación. James Rhodes es un pianista de gran prestigio, si, pero también un revolucionario dentro del género. Fue el primer pianista en firmar con una discográfica de rock. El primer pianista en salir a tocar en vaqueros, zapatillas y con el pelo despeinado. En dejar que su público aplauda cuando quiera y se ría si le apetece. En hablar de lo que toca. Cuenta la historia de los compositores que interpreta, cosa que también hace en el libro y descubrimos que sus ídolos, como el, estaban la mayoría irremediablemente locos.

Nuestro pianista odia las etiquetas, los protocolos, el elitismo que hay en los recitales. Quiere que la música clásica sea accesible a todo el público, nos la regala en Instrumental y a el público de cada recital. Se ríe de los señores de clase alta que van a los recitales con trajes de miles de euros y hablan de Mozart como si de verdad les causara alguna emoción.

Instrumental es un libro duro. Brutal. Y un regalo. La vida de un hombre, de ahora 40 años, que está transformando la industria de la música después de sobrevivir a lo inimaginable. Es un libro esperanzador, escrito con franqueza con el que podemos desde llorar a reír. Mientras descubrimos a grandes compositores y nos hacemos, quizás, un poco mejores.

PD: Podéis leer la entrevista que le hizo Kiko Amat para Jot Down aquí.

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